casaroma1Roma 12.30

Hay lugares muy agradables en la colonia Roma. Son rincones mágicos enmarcados por edificaciones que han resistido el paso del tiempo y aún conservan la arrogancia de la aristocracia racista porfiriana y el gusto visceral del fanatismo religioso cristero de los años treinta. Afortunadamente hay un deseo en el corazón de algunos moradores por hacer perdurar la magia…

“¡Ay qué tiempos aquellos!� suspira don Benito mientras acaricia a su gato Ottaviani. Una gigantesca cruz, del tamaño de su fe, beatifica su sala, congelada en los años cincuenta de León, Guanajuato. El resto del departamento está decorado al más puro estilo cristero, es decir austero, incómodo, anacrónico y saturado de religiosidad. Si Ratzinger habitara allí le añadiría un par de tablas de tortura para sentirse en casa. En la ventana, pudorosamente tapada por una cortina estampada con la figura de Juan Pablo II, se lee por la parte exterior un papel pegado que advierte al paseante, al cartero o al incauto hereje: “Este es un hogar católico�. Nada mejor que un recibimiento condicionado.

Comer para don Benito no existe: para él se trata de un ritual devoto, una misa casera. La esposa, doña Transparentina, debe planchar el mantel, disponer los platos y cubiertos con sumo respeto y encender el incienso. Ella debe aguardar a que don Benito termine de rezar y le recrimine su torpeza para que ambos empiecen a comer el cuerpo y la sangre de Cristo en total silencio y los ojos evadiendo sus mutuas presencias.

Don Benito sabe bien evitar los males que esta decadente república le puede ocasionar: lava todas sus frutas y verduras con verdadera agua purificada: agua bendita de la sacristía. Evidentemente, el Maligno siempre tiene sus retorcidas formas de meter su cuchara hasta en las mejores casas y es cuando cae enfermo.

Pueden haber lugares agradables, pero para don Benito en esta Roma pecadora sólo hay lugar para el desbordamiento de pecados asesinos, un vómito de impureza que se vuelve la antesala del Infierno con sus ruinas, su fuego, sus almas desgarrándose en gritos de terror y… “Vieja, pásame la salâ€?.

Si tan sólo aquellas buenas almas de fe inquebrantable lograran hacer nuevas cruzadas contra el Mal que ahora sacude a todo el mundo, si tan sólo hubiera forma de eliminar a todos los indeseables, por amor a Dios…

“¡Ah qué tiempos aquellos!� suspira de nuevo don Benito mientras pincha un pedacito jugoso de Cristo para masticarlo ansiosamente, con el fervor de alguien que anhela un Bien mayor para la humanidad, y de pronto, una sonrisa diabólica se le dibujó repentinamente en sus labios secos.
(© Moscaman 2005)

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