Hyper Love 0.05

drunkRoma sur 04:42

La fiesta duraba ya tanto que el tiempo la había eternizado, por entre las gruesas capas de humo, las densas ráfagas de voces ilocalizables, las sombras errantes, las música cimbrando los tímpanos, el tapete de lodo cervecero con migajas ennegrecidas y servilletas extraviadas, los gorrones entrando, los bailarines de un ritmo cardiaco crepuscular y las crisis espasmódica de los primeros en sucumbir, había alguien chiflando.

Está comprobado: nadie que esté en un profundo estado etílico puede silbar ¿Por qué había alguien tan sobrio como para silbar precisamente cuando el estado de ebriedad general sobrepasaba la media común? ¿Qué pretendía esa persona? ¿Llamar a un taxi desde el cuarto piso? ¿Fingir demencia para que sus amigos no le presionen para tomar una copa más – la fatídica? ¿Pretender ser una persona interesante que prueba cómo las ondas de un ruido agudo viaja por entre las ondas graves? ¿Llamar a su perro que llevó por error? Hay gente que no se sabe divertir.

El vórtice se había tragado ya a más de la mitad de los fiesteros y succionaba con fuerza para tragarse al resto. Y aun así, esa persona chiflaba. El edificio parecía bailar junto a los ritmos de fusión marroquí mientras las ventanas cómplices añadían el zumbido de su descarada vibración. A la entrada, un sin fin de siluetas yendo y viniendo de su saqueo en la cocina siguiendo una verdadera estrategia militar: espionaje, distracción del enemigo, vencimiento de las defensas y saqueo efectivo. En media hora, una nueva campaña seria necesaria, pero mis compañeros de armas formaban ya parte de las bajas y no había forma de que me ayudasen esta vez. Que Dios los tenga en su misericordia…

¿Y si hubiera alguien atrapado en alguna parte? ¿Pero dónde? Investigué un momento pero el silbido se entrecortaba y sofocaba fácilmente con las explosiones de risa y los cambios de ritmos ahora africanos. ¿Kinshasa? ¿Marrakech? ¿Pedregal? ¿Y por qué era el único que parecía escucharlo?

La fiesta ya no era lo que antes, se había convertido en un ritual salvaje de alguna tribu demencial. La mayoría se retorcía en trance alrededor de la mesita de centro mientras en un rincón, cinco aborígenes sacrificaban un plato de guacamole a punta de nachazos. Espeluznante espectáculo, el aire me faltaba, pero no se veían las ventanas. Solo se escuchaba su vibración. No encontraba la perrilla para abrirlas. Los colores se volvían mas obscuros y las música, aún golpeándome el pecho, me alejaba paulatinamente aumentando mi preocupación. Y de pronto, otra vez ahí ese silbido. Un silbido agudo y entrecortado que provenía de lo más profundo de mis pulmones. ¿Cuándo fue la última vez que me vi respirando? Y súbitamente, toda esta oscuridad enmudeció.

Desperté por la noche abrigado por los pantalones, zapatos y camisas de otros náufragos a mi alrededor, en un mar de lata de cerveza…
(© Moscaman 2005)

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