La prisión invisible

rejas1Ante la oleada de comentarios que ha suscitado la cruzada por un “México seguro�, leemos en las noticias que el presidente Fox y sus allegados prácticamente minimizan el impacto que tiene la inseguridad en la vida económica del país. Realmente no bastaría con reconocer las consecuencias económicas que verdaderamente tiene esta problemática monstruosa, sino que habría que reflexionar en el impacto que tiene en nuestra vida cotidiana.

A guisa de propaganda del tipo marketing político, los ciudadanos vivimos enjaulados detrás de las protecciones de nuestras ventanas, los dos o tres (o cuatro) cerrojos con los que resguardamos nuestras puertas, y el toque de queda prácticamente auto-impuesto con el fin de no ser víctimas de un asalto (o peor, secuestro) en nuestras calles.

La niñez chilanga ya no es como la de antes, dicen las nostálgicas vecinas, pues cuando ellas eran chicas tomaban el camión para irse a la primaria y jugaban en los parques sin mayor compañía que la de otros chilanguitos. Hoy, pensar en mandar a los infantes solos hasta a hacer fila en la cola de las tortillas, resulta prácticamente impensable.

En ocasiones preferimos pensar en tonalidades un tanto menos apocalípticas y nos decimos que la cosa no está tan mal. Es triste tener que irnos adaptando a circunstancias realmente adversas a nuestra capacidad de vivir con tranquilidad, de disfrutar de todo lo bello que (sí) hay en la ciudad, sin tener que andar tomando precauciones que nos atrapan en su rutina y nos tiranizan en el afán de sentirnos un poco más seguros.

El impacto que la seguridad pueda tener a nivel “macro� es lo de menos si la vivimos todos los días en detalles que pasan casi desapercibidos a fuerza de convertirse en costumbre. Viéndolo así vivimos, ciertamente, prisioneros.

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