Hyper Love 0.09

gaymarch1Roma 23.15

Ernesto tiene 23 años y está enamorado de Alan, de 22. Lo acaba de conocer y no se preocupa por saber cuánto durarán, pues mañana es otro día, y lo que será, será. Pero hoy Ernesto está enamorado y espera a su novio-de-hoy en un bar gay de la Roma con una sonrisa de oreja a oreja. La música se trepa y pegostea a los cuerpos semidesnudos de los hombres de distintas edades, así como el sudor y el humo del cigarro. Ahí sólo conversaciones sobre el último faje, el tamaño de su verga, si estaba peludo y buenón, y el último álbum de la Britney. Nada espectacularmente distinto en términos intelectuales de cualquier bar heterosexual o heteronormado: es decir, donde se asume que todos los varones son heteros, hasta demostrar lo contrario o hasta que el alcohol permita una excusa para el desahogo o la experimentación.

-…que si vas a ir a la Marcha.
-¿Cuál Marcha?
-La del orgullo gay idiota ¿pues cuál otra?
-Ah! Ya, no te me sobresaltes wey. Pues no sé.

A Ernesto no le gusta ir a la Marcha porque parece más un carnaval que cualquier otra cosa. Alan, ha ido en los últimos 3 años porque siempre termina con más de un número telefónico o varios e-mail, pero tampoco le ve gran utilidad a ese cada vez más grande jolgorio donde se ve la gran diversidad de la diversidad LGBT (Lésbico Gay Bisexual y Transgénero): travestis (los favoritos de la prensa), transexuales (los favoritos de la prensa), lesbianas motociclistas (las favoritas de la prensa), padres de familia con hijos LGBT (atracción de los periódicos más críticos) y una inmensa mayoría de gente de todas las edades que no se diferencian por algún rasgo en particular del resto de la población (y que los medios siguen desdeñando). Fuck!

-Se me hace una pérdida de tiempo Alan.

A Ernesto le gustaría decir que Alan no necesita de la marcha cuando en realidad querría decir que no hay necesidad de que ligue si le tiene a él, pero a fin de cuentas, sabe en el fondo, que a él también le gustaría ligar como lo hace Alan. Ninguno está enterado de que desde George Bush jr., pasando por Ratzinger, Provida y los Legionarios de Cristo, entre otros grupos idólatras de la ignorancia, les encantaría verlos quemándose a fuego lento en la plaza de la constitución en sus ciudades respectivas, de no ser por que dichas Constituciones aún son republicanas y tienen la desdicha de garantizarle la igualdad de derechos a todos los seres humanos. Libertad, Igualdad, Fraternidad. Aunque sea en papel, ¿vale?

La música trepidante zumba en los oídos de los asistentes. Ernesto y Alan se dirigen hacia el bar por una cerveza pero es tal el número de personas que es como nadar a contra corriente. Y de pronto, Ernesto pierde ligeramente el paso y le detiene el cuerpo de otro hombre. Éste le rompe una botella de cerveza en la cabeza – acto inusito en los antros gay, aunque como siempre, no imposible- y provoca una pelea. Alan, extrañado y sorprendido sale del antro para pedir auxilio policiaco mientras los guardianes de la seguridad del antro sacan a los peleoneros. La policía acude al lugar y pretenden apresar a los dos peleoneros ante la inconformidad de Alan. Al final, éste los acompaña a la delegación. En la delegación, el objetivo del funcionario es involucrar tanto a Alan como a Ernesto en una riña pública que provocó un “desorden�: los separan. A Ernesto le piden esclarecer cómo es que intentó golpear al otro con una botella mientras el otro tuvo que defenderse. En otro cubículo, a Alan le preguntan que cómo le gusta más: que se la metan o meterla en culos de hombres y si es bueno para mamar, ante su mirada atónita dado el trabajo profesional de estos guardianes de la ley. Tanto Alan como Ernesto terminan por alguna extraña razón cumpliendo una sentencia de 2 meses en un Reclusorio en el DF, sufriendo el acoso de sus compañeros de celda, las riñas internas, el maltrato de los celadores y los avances sexuales de quien sea. Alan, tuvo que abandonar su trabajo, su carrera de estudiante en Londres, pues de ahí venía, en un breve descanso vacacional para no extrañar a su país. Al cumplir con su tiempo, se enteraron al recuperar sus cosas, de que el extraño quien provocó todo esto, era, según los mismos funcionarios que los inculparon, un inmigrante centroamericano que fue deportado en el acto. Ni Ernesto ni Alan saben lo que significa un “agente provocador� pues para ellos el 68, el 71 es historia de rucos.

Ahora, ninguno de los dos quiere presentarse ante ninguna “autoridad competente� para hacer una denuncia. Y sin denuncia, no hay número de folio para que cualquier comisión de derechos humanos les ayude; les ayude a limpiar su expediente, le ayude a uno recuperar su carrera y trabajo en Londres, les ayude a recuperar su sentimiento de seguridad, su fe en este país.

-Y tú, ¿vas a ir a la Marcha?
-No, para qué si es sólo un pinche carnaval…

(© Moscaman 2005)

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