Hyper Love 0.11

tekilitoTequilito sabía que esa era la noche.

Había estado rondando por la glorieta de la duda hasta que un foco le estalló: fue cuando tuvo una idea. Si lograba comer sano, dormir bien, hacer mucho ejercicio y confesarse el domingo anterior, podría alcoholizarse ese viernes como Dios manda.

El plan era muy sencillo, si quería ganarse el premio que ofrece el bar a quien más beba, podría ganar suficiente para irse a Cancún en las próximas vacaciones. Imaginen: esa harina deliciosa cosquilleando sus pies y los azules más tibios que mojan su cuerpo bajo el sol.

Horas de dedicación habían pagado sus frutos. Tequilito se sentía más liviano, más lúcido, más esplendoroso como jamás se había sentido. Y hay que decir que se informó bien para consumir los carbohidratos y los lípidos necesarios para aguantar la ingesta masiva de alcohol. Incluso subió de peso, a unos impresionantes 60kg, peso completo en la categoría de los muy pobres y los miserables en México (para los muy miserables según el esquema oficial, bastarían unos 40kg).

Y qué si tenía hipertensión arterial como regalo genético del abuelo -¡ay don Josefo!-; y qué si se ponía a insultar a la gente cuando ya no controlaba sus modales en la peda; y qué si su cuerpo seguía cubierto de nuevas pecas ocasionadas por el último intento: estaba dispuesto a correr el riesgo con tal de llevar a su novia a Cancún, tierra de mayas, de droga y de sialorréicos gringos adolescentes, una tierra mágica, un paraíso infernal de los que valen la pena.

Tequilito se sentó en la barra mientras aguardaba su turno para recibir el preciado legado del mestizaje hispanoamericano, quemándole la garganta, calentando sus entrañas. El primero no cuenta, es de prueba. Al quinto trago Tequilito apenas estaba secamente jovial pero ya despertaba algunas interjecciones de sorpresa y apoyo por parte de los espectadores. Para cuando llegó al décimo trago, su contrincante, un embrutecido luchador de sumo ignorante de su vocación, empezaba a tambalearse en el banquillo más humilde que los dueños del local pudieron haber conseguido. Pero Tequilito seguía entero, vivaz, aguantador como un verdadero macho mexicano. Bueno, veía doble pero eso se le podía atribuir a su deficiente visión que nunca pudo corregir por falta de dinero.

La mole de contrincante murmuraba algo incoherente para cuando le sirvieron el vigésimo trago de algo que suponía era tequila pues así se lo recordaba a cada instante la exuberante edecán de pechos contenidos y lengua lamedora. Sus movimientos se hacían más lentos pero el barullo alrededor los eclipsaba con cumbias pegajosas y un juego cataclismico de luces; Tequilito entraba ya en la categoría de los hígados super pesados que nadie parecía creer, aunque también empezaba a sufrir los contratiempos etílicos y su mandíbula tenía una propensión a bajar sin preaviso. Su rival yacía en el piso lodoso del bar pero Tequilito aún pedía a señas uno más (“¡Una másd hijoshde putah!�). Era la prueba de su superioridad, la prueba de su hombría, la prueba de su perseverancia y de su amor por Mescalinita, su novia de 4 años que aún no tocaba para que vieran que era la verdadera guardiana de su corazón ahorita sobresaltado.

Tequilito lo logró. No sabía si era Cancún realmente, pero ahí estaba él, con su novia a su lado, semi desnudos, sonrientes, acariciados por un sol frío en el cielo más azul que había visto; la arena tal cual, parecía talco, ni se sentía en las manos y sentía una paz interna incrementada por el silencio a su alrededor, ni un alma osaba molestar la pareja enamorada que se había imaginado…

Tequilito se salvó de milagro con la intervención de los paramédicos pero estuvo en coma un día. Eso le dio tiempo suficiente para confesarse el domingo. Tenía que recuperarse pues sabía que tenía gran potencial y ese era el momento. Claro, esta vez sí se fijaría que hubiese un concurso.
(© Moscaman 2005)

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