Hyper Love 0.13 (parte 2)

Aún así pensó qué pasaría si lo tuviera: ¿el novio? ¡Ni sus luces! y a sus dieciocho años sería un padre-adolescente: nada bueno para un niño; ¿dejar que se desarrolle en un bebé y dar a luz, con toda la sangre, el dolor, el cansancio y el dinero que piden los hospitales? Sólo Juanita porque así es ella, bruta hasta el final; ¿y luego qué? Ocuparse de limpiarlo, alimentarlo, aguantar sus berridos todo el día. ¿A qué hora podría estudiar para intentar obtener una carrera universitaria que le diera la oportunidad de alcanzar un trabajo de mejor salario para pagarle a sus hijos una mejor educación para que no tengan la desventaja que ella tendría al tener a ese bebé? Esto parecía un círculo vicioso.

¿Y si lo daba a un orfanato para ver si ahí, mientras vive en un ambiente desmaternizado, lo venden a buen precio a padres cuyos méritos se miden por el ancho de su billetera o se vuelve carne de consumo ilegal? ¿Eso la haría más responsable ante ella, ante Dios, ante sus propios remordimientos? ¡No gracias!

En lo que la tormenta seguía su pronosticado riego, Aurora sufría varios estados emocionales en cinco minutos: Coraje, tristeza, añoranza, vergüenza, incredulidad, risa. Y los reciclaba cada diez…

Mientras más pensaba sobre la imposibilidad de tener al niño, sobre su edad, sobre su futuro, sobre la carrera que ni empezaba, sobre la falta de apoyo, sobre la falta de dinero, Aurora añadía una nueva emoción: la asfixia. Y es que, hasta ese momento, la realidad de su país no le había dado un terrible bofetón: en México, no hay ley que de opción a las mujeres para abortar su huevo fecundado como hoy en Europa o en los EEUU. Sólo las mujeres violadas o seguras de la malformación de su bebé pueden abortar legalmente en algunos Estados y aún así, deben enfrentarse a la arrogancia de algunos doctores cuyo juramento está más del lado del Vaticano que de Hipócrates, deben enfrentar el amedrentamiento de los grupos de presión ultrarreligiosos ansiosos de aplicar su estilo de vida a los demás, seguros de la muy humilde y cristiana idea de que sólo ellos poseen la única Verdad. El periódico de la sala, sarcástico, le escupía una nota: una niña de 13 años fue violada y pretendía realizar un aborto: el doctor se negó por causas de sus creencias personales; en lo que se discutió en los juzgados, pasaron 3 meses: la niña ya no podía abortar. La niña no sólo tendría que vivir con el constante recuerdo de su violación, sino que además tendría que pasar por los dolores del parto y por si no fuera poco, su familia tendría que pagar por los gastos del bebé, el bebé menos esperado del mundo y el más parecido a papá y que ninguna Iglesia por más caritativa que fuera ayudaría a financiar hasta la mayoría de edad ¿mientras tanto alguien la ayudó a ella? (¡Ay Torquemada si tan sólo pudieras gozar todo esto!).

¡Ding dong! La electricidad ya había regresado. Abrió la puerta. En el umbral, los padres de su fertilizador y el mero mero Houdini frente a ella, todos mojados. Y en ese momento, a lo lejos, sus propios padres estacionando el auto. Ese era un buen momento para recurrir a la evasión al estilo Juanita… Los saludó con una sonrisa bien ñoña.

Ilustración: Ileana Mulet «Amor en el salón»

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