Hyper Love 0.17

Roma Sur
10.46am

Ya nadie piensa en ellos. Parecen aceptar su destino con estoicismo pero esta palabra sugiere demasiada conciencia. Uno los ve en la calle como fantasmas o esclavos zombificados aguantando los peores maltratos. Ya no tienen nacionalidad y la memoria de su grandeza pasada se ha desvanecido ¿por cuánto tiempo ya?

Aunque parezcan criaturas divinas no tienen religión. Y es que no basta con tener la cabeza más cerca del cielo: no es su verticalidad ni su desquiciante parsimoniosidad la que los hace nobles sino su amor a la vida. ¿Realmente necesitan de una religión que se los diga?

Uno creería que buscan un ego que nunca existió y que se refugian en su insignificancia por miedo a florecer. No importa su edad, ni su tierra de origen, aquí vienen a dejarse vivir tal y como los plantaron en esta vida. Su existencia de vegetal podría incluso ser un insulto si tan siquiera supieran que la están viviendo. Ahí siguen : aguardando, soportando, cargando, dejándose explotar, dejándose abusar, dejándose mutilar. Y cada año es lo mismo: intentan desperdigar su amor más como el último recurso para sentirse vivos y continuar su penible existencia que como un placer naturalmente generoso. Los días de fiesta son naufragios, los juegos son tormento, las reuniones una infamia, las florescencias un engaño.

Uno todavía creería que el poco orden que queda les va a dar la poca de dignidad que se merecen y en realidad eso nunca sucede, porque el caos ya es demasiado grande, porque las supersticiones los han rebasado, porque la corrupción les rodea y se han resignado a convivir con ella.

Ni presidentes, ni cardenales, ni porros, ni secretarios, ni capos, ni embajadores, ni directores ejecutivos, ni generales, ni líderes sindicales, ni mucho menos diputados o senadores o partidos ecologistas; salvo un puñado de ciudadanos, sencillamente no figuran en la lista de prioridades de nadie.

Sí, es terrible ser un árbol en la ciudad de México hoy día… pero peor aún es ser un mexicano inconsciente.

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