Resistí al ataque, moviéndome desesperadamente. El horror que dominaba mis sentidos, luchaba en la penumbra de la habitación con el brillo de las fauces, el furor de los ojos. El dolor de las dentelladas aumentó mis fuerzas. Gemí. ¡Es un sueño! y desperté.

La vigilia era tan atroz como el sueño (o a resultas de él); voraces ratas disputaban mi cuerpo. Grité: ¡Es un sueño! y desperté.

Con los ojos vendados y ante la última voluntad de mi verdugo murmuré: «Â¡Es un sueño!»

Ruben Darío César

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