Roma Norte 17.32

¡El mundo es una naranja! – le dijeron una vez a Trinidad Gonzalez cuando salía de su chamba entrajeado y humedecido por el sol de un abril en la ciudad de México, un pedazo de tamal todavía aferrándose a la punta de su bigote. Obviamente no le iba a hacer caso a ese individuo. Era Lenin, un señor con ropa desgarrada que alguna vez fue un traje ahora apenas visible tras capas negras de aceite y manchas irreconocibles. Lenin había perdido la razón pero no como el resto de la sociedad mexicana que vota por el PAN, el PRI o que cree que su gallo es López Obrador o elseñoresedelnuevopartido, no como la sociedad española que aún tiene los escrupulos de decir que votó por el fascismo de Aznar sin perder la sonrisa de la boca, no como la mitad de los votantes gringos que votaron por un títere del complejo militar-industrial con la personalidad de un anuncio pedestre de un MacDonald’s, no. Perdió la razón a lo salvaje: de un guamazo, lo escalpó un súbito pasón de droga (¿o combinación?) que sus “amigos� le invitaron una noche en que todo iba bien porque México iba a formar parte del primer mundo aunque no había con qué divertirse.

Lenin nunca tuvo una ideología definida, de hecho se cree que alguna vez fue un simple burócrata como Trini que alargaba las horas de la comida cuanto podía, aceptaba gustosamente los regalos que sus clientes le daban para ahorrarse el papeleo y poder hacerse de la vista gorda por un momento de su responsabilidad ciudadana.

Lo raro es que como Lenin, de pronto por la colonia Roma empezaron a desfilar otros: mujeres que le gritaban a sus ángeles para que pararan de aletear sobre sus hombros antes de transformarse en demonios, jóvenes que sin ser judíos oraban frente al muro/ portón/ árbol/ camión o buzón postal de los lamentos; Pepe dormilón se la pasaba durmiendo día y noche sin moverse apenas mientras el Alebrijes no tenía pudor en masturbarse frente a todos si las ganas le ganaban… Al que mejor le fue es a Paquito porque su madre lo siguió cuidando y le enseñó a cuidar coches en la calle por unos cuantos quintos. Los cuida y los estaciona, los cuida y cobra, y se enoja si no le pagan lo que cuidó por lo que muchos le pagan. Pero Lenin ni recogía las monedas tiradas en la calle sino el alimento tirado por los aburridos, atolondrados o distraídos comensales del éxodo rural.

No es que a Trini le preocupara mucho la causa del infortunio de estas criaturas del pavimento. Para él cada quien cosecha lo que siembra y si ellos fueron lo suficientemente estúpidos para tomar drogas sin tomar precauciones… así es la vida. Por ejemplo él sostenía un perfecto control sobre sus clientes y sabía exactamente a cuál había que presionar para que soltara una botella de fino coñac y a cuál había que dejar pasar sin nada porque o no tenía o era uno de esos mafiosos avaros.

Duro abril. Salió de su trabajo como de costumbre. Súbitamente Trinidad sintió que una mirada le acuchillaba el corazón desde el otro lado de la acera, era uno de sus clientes malhumorados porque no quiso atenderle al empezar la hora de la comida. “!El mundo…!â€? – empezaba Lenin cerca de ahí, mientras el flash del reflejo en los autos que pasaban por la calle le cegaba los ojos. De pronto parecía como uno de esos reflujos de droga que la resaca psicotrópica a veces trae consigo. El tipo malencarado intentaba cruzar la calle hacía él, mano en bolsa. “¡El mundo es…!â€?-seguía Lenin, en un español de timbre puro mientras los autos seguían pasando a velocidades descomunales y Trini sentía un sudor frío recorrerle las sienes al tiempo que trató de cubrirse inútilmente los ojos para ver por encima de los reflejos a su contrincante. Finalmente un espacio entre automóviles dejó pasar al asesino mientras Trinidad González intentaba ahora buscar una escapatoria, una ayuda, algún conocido. ¡El mundo es una…!- espetó Lenin rabioso mientras asía con hambriento dolor un pedazo de pan ennegrecido recién levantado del asfalto. Trinidad, los ojos desorbitados viendo rayos de luz pasar y el mundo a su alrededor borrarse mientras el sudor le quemaba los ojos y la adrenalina las venas, sintió su corazón que le arrodillaba en la calle. Esperó el fatídico golpe que le abriera el cuello o le desgarrara las entrañas mientras se le cerraba la tráquea y se amorataba su cara. Vio a su asesino en los ojos mientras éste pasaba a su lado viéndole con la frialdad de quien no desea ocuparse de un ciudadano que no quiso controlar su pasión por las drogas, aplanándolo con su indiferencia, Lenin comiéndose algo negruzco y Trini viendo como la luz cambia, se oscurece y finalmente cae…

¿El mundo una naranja? ¡Qué más da!

2 Comentarios

  1. Vamos a Fumaaaaaaaaaaaaaaaaaar!

    Si no fumas, usté disculpe.

    Te guste o no el joint, tus Hyper Love son únicos, he leído cada uno y he fumado para cada uno.

    Sensacionales, buenísimos.

    Me frustra no poder tener la visión que tu, ni escribir como lo haces, te admiro y me fascina tu manera de escribir.

    Feliciades.

    Saludos.

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