Leyendo el periódico «Ecos de la Costa» del jueves 8 de junio del presente, me topé con un artículo que me conmovió.

Soy mamá con el terrible conflicto de mi crianza estricta pero llena de amor, y con ideas rebeldes y modernas. Perdí a mis hijos en su etapa crítica de adolescentes Mi idea de educar, no coincidió nunca con la de mi ex, así que decidí hacerme a un lado y dejar que los hijos preadolescentes decidieran con quién quedarse: Papá con lana y consentidor, o mamá que se lanza a la aventura de la separación sin un peso y con ideas estrictas de educación de mocozuelos. Obvio: Elegieron a papá y mamá se instaló a 2 calles para seguir cerca pero no revuelta. Me lavé las manos como Poncio Pilato y dejé la educación y responsabilidad en manos de papi. (Hoy seguimos siendo buenos amigos).

Ahora, mi hijo vive conmigo feliz, mi hija y él me aman, perooooooooo, el sentirme culpable de «abandonarlos», o de fragmentar la familia, me hace no saber que hacer en algunos casos. Creo firmemente que los hijos DEBEN respetar y amar a sus padres, que los líderes somos los padres, las reglas las ponen los padres y si a los hijos no les agrada, pueden volar a su cancha a poner las propias. Discuto y los dejo discutir, a veces reconsidero y cedo, sin embargo tengo miedo de no ser lo que ellos esperan que sea y miedo a no enseñarles a caminar, tropezar y levantarse en el camino que les toque transitar.

Lean este artículo papás, está transcrito fielmente del original. Ojalá le den un premio al que lo escribió, por mi parte tiene mi profunda admiración y respeto.

«PADRES REGAÑADOS POR LOS HIJOS»
La nueva generación de padres de familia.

Somos de las primeras generaciones de padres decididos a no repetir con los hijos los mismos errores que cometieron con nosotros y con nuestros progenitores.

Y en el esfuerzo de abolir los abusos del pasado, ahora somos los más dedicados y comprensivos, pero a la vez los más débiles e inseguros que ha dado la historia.

Lo grave es que estamos lidiando con unos niños más «igualados», beligerantes y poderosos que nunca existieron.
Parece que en nuestro intento por ser los padres que quisimos tener, pasamos de un extremo a otro. Así que somos los últimos hijos regañados por los padres…y los primeros padres regañados por los hijos. Los últimos que les tuvimos miedo a nuestros padres…y los primeros que tememos a nuestros hijos. Los últimos que crecimos bajo el mando de los padres…y los primeros que vivimos bajo el yugo de los hijos.

Lo que es peor: los últimos que respetamos a nuestros padres, y los primeros que aceptamos que nuestros hijos NO nos respeten.
En la medida que el permisivismo reemplazó al autoritarismo, los términos de las relaciones familiares han cambiado en forma radical, para bien o para mal.

En efecto, antes se consideraban buenos padres a aquellos cuyos hijos se comportaban bien, obedecían sus órdenes y los trataban con el debido respeto. Y buenos hijos a los niños que eran formales y veneraban a sus padres.
Pero en la medida en que las fronteras jerárquicas entre nosotros y nuestros hijos se han ido desvaneciendo, hoy los buenos padres son aquellos que logran que sus hijos los amen, aunque poco los respeten.

Y son los hijos ahora los que esperan el respeto de los padres, entendiendo para tal, que les respeten sus ideas, sus gustos, sus apetencias, sus formas de actuar y de vivir. Y que además les patrocinen lo que necesitan para tal fín.
Como quien dice, los roles se invirtieron, y ahora son los papás quienes tienen que complacer a sus hijos para ganárselos, y no a la inversa, como en el pasado.

Esto explica el esfuerzo que hoy hacen tantos papás y mamás por ser los mejores amigos de sus hijos y por parecerles «muy cool».
Los hijos necesitan percibir que durante la niñez estamos a la cabeza de sus vidas como líderes capaces de sujetarlos cuando no se pueden contener, y de guiarlos mientras no saben por donde van.
Si bien el autoritarismo aplasta, el permisivismo AHOGA.

Sólo una actitud firme y respetuosa les permitirá confiar en nuestras ideologías para gobernar sus vidas mientras sean menores, porque vamos adelante lidereándolos, y no atrás cargándolos rendidos a su voluntad.

Es así como evitaremos que las nuevas generaciones se ahoguen en el descontrol y hastío en el que se está hundiendo la sociedad que parece ir a la deriva, sin parámetros ni destino.

«Anónimo»

Tomado del periódico «Ecos de la Costa » de la ciudad de Colima el jueves 8 de junio del 2006.

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