Hace varios años cuando a los chicos de la escuela les preguntaban por sus materias favoritas y por las que no les gustaban, siempre las matemáticas resultaban las más impopulares. Tanto número, incluso en la preparatoria y la universidad: tantas operaciones que no sirven para nada y no se pueden aplicar a la vida real.
Luego cuando al tramitar la credencial de elector viene la transformación en ciudadano adulto, la política se hace un tema desagradable, no me gusta porque es una porquería, nadie le entiende.

Años después el ejercicio de la democracia sólo se entiende como el acto de ir a votar, así, inconexo de indicadores económicos, mediciones de pobreza, estrategias y resultados de combate a la corrupción o en contraste la impunidad, y demás etcéteras.

Las elecciones del 2006 se nos vinieron como una avalancha a la que no estábamos preparados. Electores que no tienen la menor idea de cómo se opera la política y de cómo «leer» los escenarios probables y el comportamiento de cada uno de los jugadores.

Hay sólidas pruebas matemáticas y estadísticas, así como evidencias de influencias ilegales en el círculo próximo al IFE como para considerar muy seriamente la posibilidad de que se haya cometido un fraude electoral.

La respuesta de la ciudadanía y de algunos analistas políticos se ha basado en prejuicios y nula capacidad de reflexión, de la misma manera que ocurrió con las campañas políticas.

El desprecio por la política y las matemáticas la hemos pagado por muchos años y seguimos tropezando en el mismo prejuicio. México lejos de encaminarse por la ruta de los países del primer mundo, se ha atascado y va en franco retroceso incluso medido con otras naciones de las llamadas «emergentes».

En palabras de Raymundo Riva Palacio en El Universal: No hay retórica en esto. El Banco Mundial tiene un índice de gobernabilidad y anticorrupción que elabora anualmente que permite medir estos procesos. De los seis indicadores que definen la legitimidad y la eficiencia de un gobierno, en los seis bajó el gobierno de Fox. En rendición de cuentas, cayó de una calificación de 59.6 en 2002, a 56.8 en 2004; en estabilidad política se redujo de 52.4 a 43.7; en eficiencia gubernamental se desplomó de 65.7 a 56.7 (en 1998 tenía una calificación de 68.9); en estado de derecho cayó de 47.4 a 45.9; el control de la corrupción bajó de 51 a 48.8; y en calidad regulatoria, aunque subió de 66.8 a 68 en el mismo bienio, cayó con respecto a 1998, cuando tuvo 75.5. A este desastre se le puede añadir otro indicador de eficiencia y legitimidad importante: la ausencia de violencia. En este sexenio no sólo se disparó en número, sino en la calidad de la violencia y la extensión con la cual se maneja el crimen organizado.

Renunciar como ciudadano a hacerse cargo de la política es una falta gravísima que refleja la poca cultura cívica con la que contamos, y aún peor, la ausencia de una conciencia y una postura activa que nos reivindique como parte de la sociedad, sociedad que vive con índices de pobreza y violencia alarmantes. Remata Raymundo Riva Palacio en su mismo artículo: Son malos momentos para carecer de una visión de Estado, aunque, ¿de qué nos asombramos? Ya sabíamos que nuestros políticos son pigmeos, que nuestra sociedad es culturalmente autoritaria y corrupta, y que la democracia, como forma de organización social, no se nos da. Hemos querido ser lo que históricamente no hemos sido y hoy, a simple vista de nuestro comportamiento colectivo, demostramos que tampoco podremos ser. Tenemos lo que nos merecemos, y lejos de avergonzarnos, lo presumimos. De esta manera, lo que sea, lo que venga, lo tenemos merecido.

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