Condesa 01.45

Esos pequeños senos se le resbalaban por entre las manos como tiernos cítricos de duro pezón. Lamiendo el placer apretaba cada músculo como para seguirlo hasta el infinito. Sus sentidos deleitaban la nariz con los perfumes del cuerpo mientras sus labios exploraban los entrepliegues ardientes como dunas del desierto rodeando frescos y húmedos oasis.

La tierra tiembla cuando los enamorados se entregan al juego del erotismo. Es una exploración de piernas y manos, es un choque y roce de pieles, un tensar y destensar de músculos, una cacería de bocas ávidas y lenguas furtivas.

Se comía esos labios como la fruta más dulce empujado por la desesperación del deseo enardecido. Su cuerpo era seda y sudor, la piel salada era el mar y su espuma le acariciaba el cuello, los muslos, la boca, la punta de la lengua.

El vaivén de Eros se incrementaba para dar lugar a un torrente eléctrico que tensaba aún más la carne. La entrepierna se endurecía hasta enloquecer a Tristán buscando a su Isolda. Amor. La Historia de la humanidad resumida aquí en un glande palpitante buscando la guarida de su amor. Súbitamente el ritmo se volvió más frenético con apenas unos espacios de descanso: las lamidas succionaban las almas, los besos devoraban palpitaciones, las manos electrificaban cada poro, cada orificio, cada vena. Se ensanchaba el vórtice del deseo hasta dominarlo todo, apretarlo todo, exprimirlo todo…

…después de los espamos, el guerrero se tumbó vencido por el amor humeante oliendo a albahaca, pimienta y café sobre el dosel de los orgasmeados. Ulises sabía que éstas eran las batallas en las que siempre perdía y siempre era muy gratificante perder.

A un paso de su cuerpo, una almohada mojada, apretada, cacheteada, penetrada y satisfecha por el intenso adolescente, dibujaba una sonrisa…

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