MEMORIAS DE UN GEISER (caliente-caliente/frio-frio)

Como diría Joaquín Sabina, “Ahora que…�, ahora que el teatro Bar El vicio está en sus festejos de 1er aniversario bajo el Régimen de Las Reinas Chulas, ahora que el país está como está, ahora que el mundo está como está con sus guerras y sus bombas y su pobreza de siempre, pero ahora que es a nosotros a quienes nos toca vivirla, es a nosotros a quienes nos toca tomar una postura al respecto.

Ahora que… todo y nada, Monserrat Marañón nos presenta Memorias de un Geiser, bajo su dirección, conceptualización y actuación con una interpretación fársica de un chino (con toques japoneses) que hace sufrir o bromear o repelar a una “india� interpretada por Cecilia Sotres. La obra gira en torno al “agua� y la falta de esta, todo lo que pueda girar en torno al tema, pero a la manera de cabaret.

Al entrar al Vicio, uno disfurita el ambiente minimalista del que se ha vestido el espacio, uno puede respirar el buen gusto de la Marañón, (sin saber en ese momento que era idea suya) pues el escenario está totalmente cubierto por una sencilla (y barata, pero elegante) manta color crudo llenando así todo el suelo con sus escaleras, el telón de fondo y solo unas enormes piernas hechas del mismo material pintadas con letras orientales, enmarcan el espacio escénico. Al fondo un bello bonsái y al frente un par de pantallas de papel colgadas sobre un foco. Estos elementos son suficientes para generar un ambiente atractivo, interesante y de buen gusto. Es escenario perfecto para contrastar con lo kitsch del espectáculo que como buena farsa, debe incluir personajes exagerados, burdos, toscos y vestidos de manera estilizada.

A pesar de las múltiples risas provenientes del público es difícil que el show llegue al nivel de lo que el ambiente inicial nos plantea. Los chistes son predecibles, las actrices tienen un desnivel actoral evidente, pues mientras Monserrat Marañón se mantiene todo el tiempo en su personaje, Cecilia Sotres tiene una mueca de risa involuntaria la mayor parte del tiempo, sin lograr que uno crea jamás que esa mujer alta, delgada y guapa es una india de Aguascalientes que no tiene ni en qué caerse muerta. Y es que este género tan necesario hoy en día para reírnos de aquello que seguramente nos hará llorar, tiene sus inicios en disciplinas tan antiguas como la misma Commedia de´ll Arte o aquí en México en la carpa de los años 40´s y 50´s. Sin embargo, lo que siempre se ha mantenido como característica esencial de la comedia es que mientras más en serio se tome el actor su papel, más risa causará en el espectador. Aquí hay muchas complacencias en el escenario y aun cuando a nivel de producción tienen todo para lograr un espectáculo redondo, se crea un eclecticismo tal que uno no sabe para dónde voltear.

Justamente al encontrar una salida, uno se topa con los músicos en vivo, dos hombres multidisciplinarios que acompañan con su quehacer toda la representación. Su desempeño es impecable y entre ambos tocan diversos instrumentos, ambientado entre lo oriental y lo puramente mexicano, dándonos eso que tanto nos gusta, música y show pa´divertirnos.

Ante la falta de humor fársico, ese que te destornilla de la risa y que provoca un efecto catalizador, es fácil que uno perciba las incongruencias de su ideología, porque justamente hay una fuerte crítica a aquello que es light, al consumismo, a la televisión, a las marcas, sin embargo su crítica es superficial y destornillada. En primer lugar porque están más que enteradas de dichos objetos como para poder criticarlos en su entraña, no así con el aspecto social, pues es absurdo que juzguen a los consumidores de agua evian y bonafont, cuando al voltear, uno ve una población claramente burguesa (pues claro, sólo en esa situación podrían pagar el costo del cover y el consumo). Y sus chistes, que en muchas ocasiones son juegos de palabras, de esos que se nos ocurrían en la primaria no llegan a ser una reflexión sobre la situación social o económica o cultural o política de ningún lado, claro que lo venden con la etiqueta de que lo es, así que el espectador empático, se ríe o para ser aceptado dentro de ese sector seudointelectual o para “biengastar� sus $120 ya pagados por ver el show.

El espectador en general parece divertirse mucho, se nota una comunidad que raya en hermandad en dicho lugar, lo cual es disfrutable, bien como voyeur o como participante activo. Hay un público asiduo que asiste por amistad, parentesco o mera admiración a las creadoras y no es criticable pensar que si les funciona para este público, que es su público, entonces su espectáculo funciona y ya.

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