La guerra existe desde que el hombre es hombre, hoy es Líbano, ayer fue cualquier lugar donde la célula del género humano habite. Un parteaguas en el tema lo constituyó la fabricación de la bomba atómica en el siglo pasado. Las dimensiones extraordinarias que tomaron las manifestaciones del odio han sido dignas de la ficción. Y para expresar una opinión particular sobre el tema, ¿qué mejor que la ficción en el escenario?.


El dramaturgo y director David Herce tomó como premisa el tema de Hiroshima y su contexto para crear su espectáculo Los cuatro cantos de la bestia, la dramaturgia ha sido merecedora del Primer lugar por el Premio Nacional de Dramaturgia Gerardo Mancebo del Castillo.

El proceso de creación del montaje duró dos años, trabajo que por momentos es evidente en la escena y en otros uno no pensaría que llevó tanto. Sin embargo el tiempo es palpable en la concepción absoluta partiendo desde cero, tomando muchas posturas, desechando propuestas, intentando una y otra vez métodos expresivos desde la dramaturgia, la actuación, la iluminación, etc. porque lo que si es evidente es que la obra fue concebida como un producto completo en su totalidad, en el que, si hay cabos sueltos, es mero accidente, pero todos los elementos participantes deben encajar, desde la producción, la cual está muy bien pensada en todos sus ámbitos hasta la elección de las atmósferas lumínicas, el vestuario y la música. En estos tiempos donde es tan difícil constituir grupos de teatro cohesionados, siempre será interesante ver el resultado de uno con un trabajo arduo tras de sí.

El tema es muy complejo y parece ser que al querer asirlo por completo, se quiere tocar demasiado, sin lograr el mismo efecto en todos los cuadros, pues la puesta no está conformada por una historia lineal sino por cuadros por momentos inconexos que muestran diversas aristas de la misma temática. Falta justamente hallar el hilo conductor que haga que el paso de una escena a otra no se sienta agresivo, sino natural, aun cuando haya evidentes cambios de personajes y tonos. Es notable la búsqueda de la universalidad, utilizando diversos idiomas y referencias culturales, haciendo del producto, un consumible multiregional.




Es indudable que el proceso de exploración actoral tuvo rangos muy amplios, por lo que parece les fue difícil “editar� el material a presentar y hay momentos en los que el significado intrínseco no logra pasar hasta el espectador sino que sólo se queda rondando en el círculo interno de los actores. En este punto, a pesar del entrenamiento conjunto durante tanto tiempo, no se logra una homogeneización en técnicas, maneras de proyectar ni en estilos de interpretación por lo que uno puede observar una gama diversa de trabajos, lo cual es interesante al ser participe de escenas memorables, como la interpretada por Verónica Roblero en un monólogo que, vestida de kimono rojo, con una lengua ininteligible para nosotros se sincera con el dolor de una perdida creando un estado de trance vocal y físico muy interesante. Pero por otro lado, hubiera sido deseable tener un nivel común en los intérpretes. Quizá lo único que comparten de manera innegable es el compromiso y la convicción en el proyecto que demuestran en el escenario. La obra corre el peligro, desgraciadamente, de ser irregular de una función a otra, no logrando siempre la cumbre alcanzada en la función anterior, por ejemplo, cuestión que durante una temporada puede presionar a los actores pero también hará que encuentren su equilibrio ahora que su trabajo adquirió forma al estar bajo la lupa del espectador.

El montaje no sólo muestra las caras del cubo de la destrucción, sino que lo hace con estilos diferentes, finalizando con una escena de clown, con el ritmo, la comicidad y la lógica interna que el género implica, siendo que al principio lo primero que uno ve es una escena muy lenta, con respiración basada en técnicas como el Tai-chi, en donde uno asiste a la vida cotidiana de los personajes antes de la llegada de la bomba que destruiría sus vidas.

Por instantes uno asiste a la construcción de imágenes muy estéticas que permiten la contemplación instantánea, sin embargo carecen de un significado tangible. Es interesante como se llega a ellas, pero quizá el error radique en el de tiempo de duración, pues no tiene caso que sea muy largo lo que es incapaz de transmitir algo más allá de la primera impresión visual. Las reminiscencias son variadas, la influencia oriental, las artes marciales, el tema del amor como una bomba, como en Hiroshima mi amor, tema que está apuntado, pero no explotado.

El espectador pasará de un estado a otro, de una escena a otra, de un estilo a otro, la reflexión es permanente, lo ideal sería lograr integrar el lado emotivo también como una constante, pues es un objetivo perceptiblemente perseguido por la compañía.

Un trabajo que a uno le puede gustar o no, pero en el que definitivamente hay mucho trabajo de por medio.

LOS CUATRO CANTOS DE LA BESTIA
Elenco: Isis García, Noé Hernández, David Herce, Sofía Beatriz López, Verónica Roblero

TEATRO CARLOS LAZO.
FAC. DE ARQUITETURA. C.U. Insurgentes Sur 3000
MARTES 7:00 p.m. $80, desc. con credencial.
www.peregrinoteatro.com.mx

1 Comentario

  1. Fue una obra que estubo bien, pero pudo aber sido mejor.
    Yo esperaba algo mas espectacular, despues de todo es de la universidad autonoma de mexico la mas reconosida y esperaba algo mas impresionante y mucho mas grande.

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