El personaje decimonónico de Ibsen, Hedda Gabler, guarda similitudes temáticas con Madame Bovary de Flaubert. Lo interesante es que hoy en día ambas guarden similitudes con el ser humano del siglo XXI, presa de la insatisfacción, la inconformidad y el aburrimiento. Hedda es una mujer que a lo más que aspira es a ser una anfitriona llena de invitados para así pasar los días. Actualmente a pesar del ritmo agitado de la vida, nada es suficiente y el síndrome “hedagableresiano� sigue consumiendo a la humanidad.

Es cierto que no cualquier persona sería presa de dichos sentimientos, pero Ibsen supo plasmar magistralmente la vida burguesa y el conflicto de este personaje paradigmático, bonita, inteligente, deseada por muchos, pero infeliz. Casada ahora con Tesman, bosteza de pensar en la vida que le espera y más cuando contrasta su matrimonio con su pasado amoroso y los filtreos y coquetería de los que es capaz con otros hombres.
Este año, como parte del Homenaje Internacional al dramaturgo noruego, en México
vemos el montaje de este clásico bajo la dirección y adaptación de Enrique Singer.

A pesar de lo escueto, que no minimalista, de la escenografía, todo el primer acto el espectador entra perfecto en la convención de estarse “asomando� a la vida de estos recién casados. El texto habla de una casa recién amueblada y a uno le da la impresión de un montaje escenográfico con pobreza económica y conceptual, que por otro lado, afortunadamente deja a la lupa el trabajo actoral, sustento del montaje. Porque si hay algo que resaltar, son las actuaciones, con una homogeneidad que se agradece y una entrega absoluta que nos regalan momentos realmente disfrutables. Lisa Owen, como Hedda Gabler, verosímil en todo momento, interpreta toda la línea dramática del personaje llegando a un punto álgido donde “el no puedo más� del subtexto se revela en todas sus acciones haciendo que su presencia en el escenario sea potente de principio a fin. Es acompañada por Concepción Márquez que nos abre la obra como la tía July, haciendo una excelente presentación y abriéndonos el apetito a degustar la pieza. Ana Graham como Berta, la sirvienta, quien adquiere un tono caricaturesco por su presencia nada discreta en el escenario, contrario quizá a la función del personaje, pero atendiendo, aparentemente a la propuesta de dirección, Roberto Soto como un alegre Jorge Tesman, Carmen Madrid como Thea Elvsted, Arturo Ríos como el Juez Brack, logrando que a uno se le borre cualquier otra imagen de cualquier otro juez Brack y Carlos Aragón como el complejo Ejlert Lovborg. La escenofonía se presenta como división de cada escena acompañando el dramatismo presente, su presencia es fuerte como la de la iluminación, que nos ayuda a enmarcar los momentos de tensión así como resalta el diálogo ácido.

Que la temática de la obra es vigente no queda duda, lo que está en tela de juicio en todo caso es si el género trágico es aun soportable por el público actual. Llego a esta reflexión, no sólo a partir de esta puesta sino de lo insostenible que se comporta el espectador ante los personajes ejemplares modernos que, con una trama intensa, terminan viendo la consecuencia de sus actos. Un poco esta incapacidad del espectador para comprender el género y un poco la dirección de este montaje, que, mientras el primer acto corre a un ritmo perfecto, involucrando al espectador de manera total, rompe ese vínculo con el intermedio y nos brinda un segundo acto demasiado precipitado, en donde las acciones y los sucesos dejan de ser creíbles y dan paso a la risa del espectador, que bien, puede ser resultado de una tensión, de nervios o de no estar acompañando la sucesión de hechos.

Y es que en esta parte, aunque el elemento actoral está realizando un trabajo más que correcto, el tono que toma la obra se torna en melodrama o farsa. Hay decisiones que en un teatro tan pequeño como en el que se presenta, son peligrosas. Al necesitar un objeto en qué quemar un escrito, aparece después del intermedio un aguamanil que nunca encuentra su justificación escénica, pues el personaje del juez lo usa aparentemente para lavarse la cara por la mañana, pero es una acción meramente de requisito, lo cual evidencia la incomodidad del objeto en escena (mas cuando la cantidad de estos es tan limitada), y posteriormente cuando es tomado para ser cambiado de lugar es evidente que es de plástico, rompiendo toda ficción basada en la época, pues si bien el montaje no plantea el naturalismo, en el diseño de vestuario maneja un estilo realista y elegante y en la escenografía y en la utilería se usan objetos que funcionarían en un teatro grande donde el público esté lejos, pero a la distancia real se siente molesto que el vino blanco sea agua simple, que el álbum de fotos del que todos le vemos de cerca, esté vacío, etc…Eso respecto a los objetos, en cuanto a ritmo, la “adaptación es correcta� pero es inverosímil que hacia el final todo suceda tan intempestivamente, se siente un ritmo impuesto, no natural de los personajes, del contexto y de las circunstancias, así como tampoco es creíble que Lovborg tome un trago de vino y al segundo siguiente ya esté ebrio.

Sin embargo, a pesar de estos detalles y de que es mejor el primer acto que el segundo, la obra cuenta con dos elementos de riqueza innegable, el texto dramático de Ibsen y un excelente trabajo actoral, haciendo que definitivamente valga la pena acudir como espectador al homenaje que la humanidad, tan bien retratada por Henrik Ibsen, le hace a su pintor.

HEDDA GABLER
Teatro El Granero
Centro Cultural del Bosque
Lunes y Martes, 20:00 hrs.

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