Con la finalidad de hacer inteligible el verso, el reconocido director Héctor Mendoza presenta esta obra de Pedro Calderón de la Barca en la Sala Villaurrutia del Centro Cultural del Bosque.

Bajo esta premisa, el montaje nos muestra un escenario casi vacío, con una alfombra gris de piso y un tapiz azul sobre cuatro paredes que delimitan el espacio. Esto permite que toda la atención se centre sobre el actor y los juegos espacio-temporales que se crean sin mayor apoyo escenográfico. Ya en el segundo acto, entra en juego una escalera colocada en la lateral para fomentar un cambio espacial de escenas que se desarrollan en el bosque. Esta es innecesaria pues los juegos de convención continúan y el espacio dramático no continúa todo el tiempo en el bosque. La iluminación de Alejandro Luna es notoria pero sin dejar de ser elegante y precisa, apoyada por el constante recordatorio hacia el público de la convención teatral, dejando atrás los montajes de Siglo de Oro donde los personajes usaban quinqués, mostrándonos una situación dramática que requiere luz y que descaradamente se la piden a la cabina de técnicos, creando un juego que encanta al público, llegando hasta la catarsis final donde entra en escena una pistola que apoya el desenlace de la obra, pero con la idea, no de la actualización de la época sino de la inclusión de un elemento moderno ante los personajes que desconocen su procedencia, su uso y su poder, llevando al final a una parte álgida que hace que el público quede con muy buen sabor de boca.

El segundo acto se acerca más a la idea de gozo y entendimiento que se pretende, pues el acto precedente es confuso por momentos y de ritmo no apto de una comedia. Y es que el género es trastocado en este montaje, pues si bien dramaturgicamente pertenece a la comedia, ciertas decisiones en la puesta en escena y estilo actoral nos llevan al tono de la farsa, que es lo que se logra en el espectador, quien sale más contento de este juego que de la historia en sí.

Las actuaciones navegan entre la forma y estilización y el realismo. Aun así, se perciben intérpretes más aptos para este juego que otros, pues a pesar de los dos barcos en que transitan, algunos siempre son convincentes y a otros todavía se les ve verdes. Manuel Sevilla, que hace al criado Candil, con la típica relación que guarda con su amo en esta época, logra un trabajo siempre comprometido y de matices claros. Fernando Escalona, con un estilo muy particular que ya se le ha visto en otras obras, llena el escenario con su corporalidad y su interpretación, que aunque se nota estratégica, es satisfactoria. Julia es interpretada por Georgina Rábago con adecuadas intenciones, Elisa Mass y Lorena Abrahamsohn como las criadas resaltan en sus juegos escénicos con Candil, con Mass teniendo más dominio corporal, pero haciendo buena mancuerna en general. Laura Padilla como Enriqueta y Erika de la Rosa como Laura, tienen momentos muy buenos aunque contrastantes con otros poco interesantes, Sergio Alvarez como Astolfo y Francisco Cardoso como Carlos con personajes muy importantes que no logran llenar por completo, teniendo problemas con su voz, sus matices y su plantarse en escena.

La risa se desborda, quizá aprovechando el disfrute que el público tiene a veces sobre lo predecible. Hay elementos particulares que no tienen razón de ser, como los personajes desfilando al fondo del escenario en fila con corporalidades extracotidianas, acompañados de la música de Rodrigo Mendoza, que sirve de cortinilla de una escena a otra. Este elemento acompaña el canto de Fernando Escalona en un momento de casi “comedia musical� que no logra ser lo virtuoso de este género ni tan gracioso para ser una parodia.

En cuanto a comprensible, el objetivo se logra, sin ser mucho más osados que el contraste con el arma de fuego y aunque el vestuario es estilizado flotando entre el siglo XVI y los 20´s y el charleston de algunos personajes no hay un diseño de arte que nos hable de la construcción de un mundo particular, como, hablando de siglo de oro y verso, han logrado Carlos Corona con El Melancólico en teatro y Baz Luhrmann con su Romeo + Juliet en cine.

Una obra disfrutable, con el broche de oro que hace olvidar los momentos de pesadez cercanos a lo ininteligible común del teatro en verso, dejando la sensación de que sería un producto sobresaliente proviniendo de un creador joven, por la limpieza de la escena, y simplemente entretenido hablando de alguien con tanta trayectoria, llevándonos a los cuestionamientos sobre que la edad, la experiencia y la sabiduría quizá nos conducen a la búsqueda de la sencillez. Esto último lo tendremos que averiguar personalizadamente, por el momento habrá que ver la obra de teatro y no la expectativa del nombre del hombre detrás de ella, pues sin deberla ni temerla, la fama puede crear exigencias en los otros cuando alguien quizá sólo busca entretener.

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