El invierno ha llegado por acá con bombo y platillo, y con él, unos alegres y dicharacheros virus que me tuvieron postrada en cama durante casi toda una semana. Pero ahora que el efecto del fuerte medicamento que me han dado para la tos ha pasado, y que puedo mantenerme despierta por más de un par de horas a la vez, pude salir al cine por un rato.

«El Ilusionista» cuenta la historia de Eisenheim, un chiquillo de escasos recursos económicos que está perdidamente enamorado de una chica de sociedad, Sophie. Su amor de juventud se ve frustrado por la intervención de la estricta familia de ella, que separa sin miramientos a la dulce pareja. Muchos años más adelante, Eisenheim,
ahora convertido en un famoso ilusionista, vuelve a encontrarse con Sophie. Pero, porque sin peros no habría historia, la dama en cuestión ahora es la prometida del príncipe heredero de la corona austríaca, y el joven mago deberá hacer gala de todo su talento para reconquistar al amor de su vida.

La película me ha encantado, me ha fascinado. A pesar de la desangelada actuación de Jessica Biel, y del muy desagradable personaje del príncipe, «El Ilusionista» me sedujo gracias a la actuación de Edward Norton, a la extraordinaria ambientación que nos
transporta a la Viena de principios del siglo pasado, y a la impecable riqueza visual de la película. Y primordialmente, los trucos de magia de Eisenheim son de una naturaleza hipnotizante, trucos refinados y sorprendentes que me hacen sentir como una niña otra vez. Una parte de mí quería creer en la magia que veía, mientras que otra se preguntaba el secreto tras el truco de las mariposas.

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