La sordidez y la marginalidad mexicanas son, para el cineasta Arturo Ripstein, «de un pesimismo tan radical que sólo puede captarse desde el optimismo», una constante en el cine de este director que en su última película, «El carnaval de Sodoma», encierra poesía y mugre en un burdel.

Con más de cuarenta películas a sus espaldas, Arturo Ripstein sigue sintiendo debilidad por «aquellos que van caminando por la calle con la herida abierta antes que por los que las curan con el psicoanálisis».

Ellos son los protagonistas de «El carnaval de Sodoma», una película en la que trabaja con la actriz española María Barranco y que recupera el pulso narrativo de sus obras más reconocidas, como «Profundo carmesí» o «El evangelio de las maravillas».

El director mexicano, que visitó Madrid junto a su mujer y guionista, Paz Alicia Garciadiego, explica que, basándose en la novela homónima del dominicano Pedro Antonio Valdez, encontró «muy sugerente» la idea de encerrar su universo creativo en el burdel Royal de Santo Domingo, «una caja china en la que los personajes se desnudan en todos los sentidos del término».

Allí, el director, de 62 años, congrega prostitutas, proxenetas, párrocos, clientes habituales y un vagabundo llamado Patria, que conforman un mosaico de personajes sobre los que lanza una «mirada a su tristeza, a su simple propósito de quitarse de encima, a través del desenfado y el anonimato del carnaval, su frustración y su derrota».

Por ello, el burdel Royal, situado frente a la catedral de Santo Domingo y atacado por una plaga de ratas, es el caldo de cultivo ideal para una sordidez que Ripstein concentra porque «es algo compartible y muy frecuente, sólo hay que mirarla», explica.

El cineasta nutre su retrato de los bajos fondos con un humor descarnado, un sentimentalismo virulento y unos anhelos imposibles, porque «la magnitud de la humanidad se mide por el tamaño de los anhelos», resume.

Como en todas sus películas, Ripstein pule la técnica hasta que su temática combine «con la buena fotografía, la ambientación y la estructura», plasmada en un celuloide firmado por su recurso estilístico por excelencia, el plano secuencia, y por una atmósfera opresiva y recargada, ahogada por «la desesperanza, que ocupa infinitamente más que la esperanza».

Para «El carnaval de Sodoma», además de con María Barranco -que «está en la película por motivos de coproducción pero resultó fantástica para su papel»-, cuenta en su elenco coral con actores habituales de su filmografía, como la también mexicana Patricia Reyes Espíndola, y es la película número trece con su mujer como guionista en 23 años de colaboración cinematográfica.

«El 50 por ciento de los matrimonios se separan y el 100 por 100 de las parejas profesionales no duran más que unos años», por lo que define de «milagroso» el tándem que forma con su mujer, aunque apunta que, en casa, intentan «conversar sobre otras cosas, sobre política, hijos y nietos», pero acaban «discutiendo sobre los problemas en el rodaje».

Ripstein, que dio sus primeros pasos en el cine como ayudante de Luis Buñuel en «El ángel exterminador» -al que se siente unido «indefectiblemente»- y que adaptó a su amigo Gabriel García Márquez en «El coronel no tiene quien le escriba», ha ganado en su carrera dos Conchas de Oro en el Festival de Cine de San Sebastián, por «Principio y fin» y por «La perdición de los hombres», y tres premios en el Festival de Venecia por «Profundo carmesí».

Sin embargo, pese a su galardonada trayectoria, no tiene todavía fecha de estreno ni distribuidora para «El carnaval de Sodoma», y sigue sin recibir el reconocimiento en su país, algo que achaca a «un cine que tiene el entretenimiento sólo como última instancia, pero que va mucho más allá y no cae en lo concesivo».

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here