A lo largo de toda la República Mexicana existen más de 250 museos comunitarios, de los cuales al menos un centenar están dedicados a la época prehispánica y conformados por piezas que se encontraron en las propias localidades donde se ubican, informó el promotor cultural Federico Padilla.

Padilla, quien se encargó de impulsar este tipo de recintos en la década de los años 70, agregó que la mayoría de los museos comunitarios funcionan de manera autogestiva, lo que les permite encontrar su propia dinámica.

De acuerdo con el último documento que se elaboró sobre los museos comunitarios, de los recintos que existen, seis están especializados en minería, siete en medicina tradicional, 40 en vida cotidiana, 27 en indumentaria y música, siete en lucha por la tierra, 14 en arte religioso y 75 en historia de la comunidad.

El promotor, adscrito al Departamento de Museología del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), explicó además que estos recintos tienen su antecedente en sus similares escolares y particularmente en 1972, cuando la UNESCO planteó la necesidad de revisar las funciones de los museos y de generar entes locales.

A partir de esta iniciativa, dijo, el INAH creó un programa especial y en 1983 surge la propuesta en seis estados del país, «se suponía que a iniciativa de las comunidades, pero en realidad es una iniciativa institucional y es en Oaxaca donde se diseña una estrategia que coincide con la estructura social del Tequio».

Para el especialista, los museos comunitarios reflejan la identidad de la región, mediante los objetos que se hallan en la misma, pues en muchos casos se trata de piezas que pertenecen a los habitantes, no solamente arqueológicas, sino también fotografías u objetos antiguos, como plumas, tinteros, escritorios y documentos.

La historia de los museos comunitarios, continúa en 1984, cuando se imparte el Primer Taller Internacional sobre Ecomuseos y la Nueva Museología, en Quebec, Canadá, mientras que en Oaxaca se crea la Unión Nacional de Museos Comunitarios y Ecomuseos.

La idea de este organismo, fue acompañar y capacitar a la comunidad, además de asesorarlos con líneas de investigación, definición de temas, así cómo buscar los orígenes.

Las comunidades hicieron historia oral, entrevistas, «aún sin saber leer y escribir, hicieron acopio de colecciones en relación con los temas escogidos y en el sexenio 1994 -2000 se convirtió en un Programa Nacional que involucró a la Dirección de Culturas Populares y el INAH».

Genaro Amaro, director del museo comunitario de la zona de Xico, en el Valle de Chalco, Estado de México, explicó por su parte, que «para la primera exposición que se organizó se hizo un llamado a la comunidad, en forma de exposición fotográfica en diciembre de 1985 y se les invitaba a que participaran con préstamos o donaciones».

Añadió que «actualmente, el museo cuenta con dos mil 900 piezas y mil 333 cédulas, y en su espacio cuenta con piezas de toda la República, porque ya la gente cuando sale del valle a otra parte del país, y por donde ande, se encuentra otra pieza y la trae».

Sonia López, museógrafa del sitio, dijo «cuando nos la traen le damos un certificado. Una especie de acta de nacimiento», con la finalidad de producir un sentimiento de orgullo por el arraigo del lugar donde alcanzaron a crecer o nacer.

El museo de Chalco se ubica desde septiembre de 1997 en la Ex Hacienda de Xico y en su primera vitrina contiene una secuencia cronológica introductoria, en la que se muestra la zona: desde restos de mamut, hasta maíz silvestre o teocinte.

La distribución didáctica del museo expone lo que había en las aldeas, en el periodo Preclásico (alrededor de 600 años antes de Cristo): braseros, tocados, ocarinas y silbatos, mientras que otra vitrina explica el periodo clásico o teotihuacano, donde se exponen vasos ceremoniales.

Al fondo de la sala, sobresale un cráneo humano en el que una ficha explica: «Cerro de Xico occidental. Se localizaron debajo de una piedra, entre las raíces de un árbol; encima había piedras cubriendo los restos, se hallaban fragmentos de una olla», en 1995.

Notimex

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