El tradicional barrio de la Roma, en la capital mexicana, tiene en una de sus plazas un extraño trolebús que permanecerá parado un par de meses para que los habitantes de esta zona aprecien objetos cotidianos reconvertidos en arte.

La exposición, tal como lo explica el artista Emilio Chapela, «es un juego para contextualizar y descontextualizar» estos objetos de la colonia Roma.

«La idea es sacar del contexto que tienen naturalmente estos objetos, como las medicinas en la farmacia o las palomitas de maíz en la miscelánea, y traerlos al trolebús para recontextualizarlos en un ambiente artístico», señaló Chapela.

El juego afecta hasta al propio espacio físico de la exposición, ya que el trolebús en realidad es japonés, no se mueve, no tiene asientos, no transporta pasaje, y sirve como espacio de arte «y esto lo hace un espacio fuera de lugar, un objeto descontextualizado».

El artista recordó que la idea era «hacer un gabinete de curiosidades como los del siglo XV o XVI, pero contemporáneo, en el que se delimita la zona Roma alrededor del trolebús, para lo se recolectaron objetos, tanto encontrados en la calle, basura, como adquiridos en tiendas, pero sobretodo de estos últimos».


Para la adquisición de los 324 objetos que forman parte de esta particular exposición, Emilio Chapela se aproximó a ellos «siguiendo estrategias heredadas de la ciencia», viéndolos a ellos y a la propia ciudad como si fuera la naturaleza, para clasificarlos siguiendo una nomenclatura científica.

Así, en cierto modo, invita a una reflexión sobre «la obsesión absurda que tenemos por clasificar todo y darle nombre», añadió Chapela.

El trolebús tendrá sus puertas abiertas a partir de hoy para todo el mundo que quiera visitar esta exhibición de «cosas», como «gente de la Roma que quiera curiosear, porque no se necesita un público especializado», lo que le gusta especialmente al artista.

Por ello, los objetos se pueden tocar, mover, jalar, aunque la mayoría de ellos se encuentran envasados al vacío dentro de bolsas de plástico, y todos ellos tienen una etiqueta que indica lo que es cada cosa y la dirección donde fue recogida.

Entre la gran diversidad de objetos que el visitante podrá encontrarse, destacan tortas (bocadillo), pescados, fideos, calzoncillos planchados, preservativos utilizados, pelos, cómics, medicinas, salsas, y hasta orina.

«Yo quisiera que (los visitantes) se sintieran con la necesidad de explorarlo, que se agacharan, que vieran de donde vienen estos objetos que en algunos casos recordaran ‘ah, esto es lo que yo comía, esto es lo que me gusta'», dijo Chapela.

Y agregó que espera que el público tenga «un poco esa actitud de exploración, la misma que yo tuve al ir a por estas cosas, que se contagie».

EFE

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