Debe ser muy sencillo ser un héroe cuando la vida propia está en manos del presidente Felipe Calderón. Nunca fue más cierto aquel dicho de «mandar a la guerra sin fusil», y es que el gobierno de Calderón está pagando muy caro haber iniciado una cruzada contra el narcotráfico sin una estrategia clara.

Desde el principio resultó desconcertante que la campaña se realizara como una peregrinación: con bombo y platillo por las calles el Ejército desfilando en los Estados atrapando criminales (incluidas las capturas y despistolización a los mismos policías estatales y municipales), destruyendo plantíos…

Se esperaría que un operativo de tal importancia y complejidad fuera el máximo secreto y se realizara con sofisticadas técnicas en inteligencia para detener a las personas claves: líderes de los carteles, responsables del lavado de dinero, funcionarios corruptos que facilitan la operación de los narcos, etcétera.

Por eso la forma como se está llevando a cabo la campaña parece ser solamente un show mediático que tiene por objeto «legitimar» a Felipe Calderón, pero, ¿cuántos muertos y heridos cuesta aparentar que tenemos un presidente que se merece serlo? Ojalá la respuesta sea satisfactoria para el mando castrense y los familiares de las víctimas.

Resulta de una irresponsabilidad mayúscula abandonar a su suerte a policías y soldados, mientras el artífice de está cruzada (que ya la podemos calificar como fracaso), el presidente Calderón, cuenta con un equipo de seguridad de tal magnitud que es casi imposible acercársele.

También es indignante el trato que se le da a estos desafortunados efectos colaterales, más allá de hacer una revisión y evaluar si efectivamente están transitando por el mejor camino en la guerra contra el narco, solemnemente se les declara «héroes» y quedan atrás sin ninguna consideración.

De igual manera está el desaseado manejo al caso de la mártir Ernestina Ascencio en el remoto Zongolica Veracruz. Ya no es necesario narrar la novelita entre el gobierno de Veracruz, la presidencia, el Ejército, la CNDH y los medios que ya es muy conocida y bien documentada.

La sorpresa reside en el hecho de que un velo de silencio repentinamente ha cubierto el caso calificándolo como resuelto.

La opinión pública se ha volcado a condenar la irresponsabilidad de la procuraduría veracruzana al falsear los resultados de las autopsias practicadas a la anciana indígena, toda vez que ha declarado tal culpabilidad.

De pronto hay una calma políticamente correcta y se acepta como causa de muerte la enfermedad crónica, pero quizá estemos cayendo nuevamente en esa ingenuidad o falsa tranquilidad que nos resulta confortable. De ser cierto que hubo un intento alevoso por inculpar a elementos del Ejército inquieta que no haya renuncia de funcionarios y demandas formales contra quien resulte responsable ahora que se ha descubierto el engaño, pero nada sucede.

«Piensa mal y acertarás» dice otro refrán popular, ensayemos una hipótesis más: en caso de ser cierto que efectivamente fueron miembros del Ejército los responsables de la muerte de Ernestina Ascencio, no sería de extrañarse que en esta república del cinismo y la concertasesión el gobierno federal haya soltado cañonazos de dinero a los involucrados. En el país de la miseria con unos cuantos pesos seguramente habrán «reparado» el daño a los familiares de Ernestina Ascencio a cambio de su silencio y de no indagar más sobre el tema, de igual manera el gobierno federal pudo haber prometido favores o partidas presupuestales o de plano recompensas personales a las autoridades veracruzanas a cambio de un «nosotros falseamos los informes». No es lo mismo «Ustedes fueron» sin un peso en la bolsa que un «nosotros fuimos» con una bonita cantidad en la cuenta bancaria. Claro, a menos que un hecho bochornoso como este manche la dignidad de los funcionarios y políticos involucrados (estoy siendo muy irónico obviamente).

Espero que el confortable silencio acrítico de los medios y comentaristas no sea un signo de complicidad, de lo contrarios estamos perdidos.

Fotografía: BBC News

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