La línea geométrica es un ente invisible. Es la traza que deja el punto al moverse y es por lo tanto su producto. Surge del movimiento al destruirse el reposo total del punto. Hemos dado un salto de lo estático a lo dinámico», escribió Kandinsky.

Miguel Angel Alamilla descubre para el observador la línea y el punto. Sin embargo, algo se perfila y se desdibuja en sus secuencias de cuadrados y rectángulos mezclados con lo gestual. Ese algo, innombrable e indescifrable, viene de la elipsis donde se engarzan su propio imaginario con las siglas de la abstracción.

En otras palabras: la sigla, el punto, es un instante iniciático que levita sobre la tela y un segundo después se detiene en un grado posterior a ese «reposo» secreto: el desvío donde se enlazan el espíritu, el lugar sin lugar habitado por la espera, la red de signos informes aún y su concreción, igualmente preformal en la trama de lo pintado. Este mecanismo conjuga el laberinto que sustenta la obra de Alamilla a modo de múltiples vías que conducen a espacios imprevisibles: violentos como un relámpago, serenos como la bruma que cae sobre un paisaje al amanecer, en vilo sobre el brutal contorno de un barranco, iluminado como los filos de una roca en mitad del desierto.

Toda esa gama de insinuaciones figurativas se expande sobre las superficies de este autor, pero hay otras que se repliegan en su consistencia abstracta: una sinuosa retícula, una cavidad abierta, o un vacío con una señal o impulso amenazante. Y la geometría, bajo la forma de una sucesión de horizontes, es el subsuelo de esta diversidad de cuadros dentro del cuadro en los que no existe un núcleo central sino un encadenamiento de núcleos homogéneos…

La Línea y el Punto estará abierta al público hasta el 17 de Agosto en el Centro Cultural Estación Indianilla ubicado en Claudo Bernard 111 esquina Niños Héroes, Delegación Cuauhtémoc de la Ciudad de México.

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