La arqueóloga Ximena Chávez Balderas expone en su libro Rituales funerarios en el Templo Mayor de Tenochtitlan, la complejidad que guardaba el tratamiento pos mortem en el recinto sagrado de los mexicas.

Los importantes aportes de su estudio, le valieron a la especialista, parte del equipo que trabaja en torno al monolito de Tlaltecuhtli, recibir el Premio Alfonso Caso 2003 del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), y lo que será la pronta aparición de esta edición en inglés, con el apoyo de la Universidad de Colorado, Estados Unidos.

En la presentación del libro, realizada en el Museo del Templo Mayor, Chávez Balderas, destacó que la incineración representó la principal práctica funeraria dentro de ese espacio y era exclusiva para los individuos de alta jerarquía o estatus social, entre ellos, gobernantes o guerreros de alto rango.

Durante el proceso de recopilación de datos, la especialista en estudios de antropología y de ADN, se percató de “la falta de trabajos especializados sobre el tema, pero también del extraordinario potencial de los restos cremados. Si bien la información biológica se borra por la acción del fuego, la conducta ritual es delatada en cada grieta, en cada fisura de la materia ósea.”

Prueba de ello, –abundó–, son las siete sepulturas que se encontraron a principios de los años ochenta, todas con restos óseos quemados y halladas en la mitad del adoratorio a Huitzilopochtli, espacio que estaba destinado exclusivamente para el depósito de los restos mortales de los tlatoanis o gobernantes, familiares de éstos o sacerdotes.

Los siete sepulcros que presentan estas particularidades corresponden a las diversas etapas constructivas del Templo Mayor, llamadas ofrendas 3, 10, 14, 34, 37, 39 y 44, mismas que fueron excavadas entre 1978 y 1980, tras el hallazgo del monolito de la diosa Coyolxauhqui y la creación del Proyecto Templo Mayor.

Los individuos enterrados en el adoratorio de Huitzilopochtli, revertían de una importancia especial y su tratamiento funerario fue muy complejo. Así lo revelaron las características de los contextos y su emplazamiento junto al dios de la guerra.”

Ximena Chávez concluyó que de acuerdo con las fuentes históricas, hasta ahora generalmente se pensaba que la cremación se efectuaba en individuos que morían por vejez o enfermedad, sin embargo el análisis sistemático de los contextos, ajuares funerarios y su ubicación, permiten determinar que la incineración se destinó a los personajes de mayor estatus y que al momento de morir, varios de ellos tenían entre 21 y 24 años de edad.

Editado por el INAH, Rituales Funerarios en el Templo Mayor de Tenochtitlan, (Colección Premios INAH), fue comentado por Eduardo Matos Moctezuma, y los doctores Leonardo López Luján y Gregory Pereira.

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