Ofrendas para muertos en el Museo Nacional de Culturas Populares

En el Patio Jacaranda del Museo Nacional de Culturas Populares, pueblos indígenas de diversos estados del país comenzaron las festividades dedicadas a los muertos con la instalación de ofrendas y altares en los que se combinaron el aroma de alimentos, el color de las flores y los símbolos e imágenes religiosas.

El recinto –ubicado en el centro coyoacanense– recibió desde las primeras horas de la mañana del sábado a familias, parejas y grupos de niños del Programa Alas y Raíces que, acompañados por un diablo socarrón, caminaron entre las ofrendas, las piezas artesanales y productos regionales de esta temporada en honor de las ánimas.

Pan regional huasteco, mole de Oaxaca y tamales, galletas con forma de calavera, atoles de amaranto y chocolate, dulces regionales y otros comestibles eran engullidos por paladares ávidos de sabores con reminiscencias autóctonas.

En La Quinta Margarita, hombres y mujeres de San Luis Potosí ofrecían a los que llegaban una porción generosa de zacahuil, tamal de metro y medio de largo envuelto en hojas de plátano y cocinado en las festividades huastecas. Un vaso de atole o jugo de naranja era servido para acompañar el manjar.

Las ofrendas de los diversos grupos étnicos mantenían el espíritu de cada región. Imágenes religiosas, figuras de barro con formas de animales, hojas de plátano, pirul o agujas de pino formaban tapetes sobre los cuales se colocaban frutos de la región, a veces pencas enteras de plátanos, costales de naranjas, cestos de pan o dulces.

El pan de muerto, en diferentes formas y sabores, se dispuso en cada altar. Panes espolvoreados de azúcar, barnizados con cara de huevo, “pan de burro”, de yema, de nuez, de naranja y de otras variedades adornaban cada altar.

En algunas ofrendas se colocaron, en torno a una botella de mezcal o alguna otra bebida espirituosa, una servilleta bordada que envolvía tortillas, platos servidos con guisado de carnero, guajolote, pollo, cerdo y mole. La bienvenida a las ánimas era tan profusa como la variedad de los aromas.

Grupos de músicos regionales se reunían espontáneamente para interpretar cantos festivos: las guitarras, los violines y las voces de sus intérpretes recibían a los visitantes que tímidamente algunos y ansiosos otros, se asomaban a mirar lo que se disponía en cada mesa para los muertos.

Se colocaron ceras y veladoras en las ofrendas, montadas en candiles de barro cocido, adornados algunos con figuras alusivas a la muerte. A un costado, incensarios y sahumerios desprendían de sus oquedades volutas de humo que se confundían con el aroma de las flores, que exuberantes ramos o hileras rodeaban cada altar.

En torno a las ofrendas, la muestra y venta de objetos hacía vacilar a los visitantes: mesas con las tradicionales calaveras de azúcar, chocolate y amaranto, al lado de otras con cráneos de barro negro en cuyo interior se quemaba el copal, dulces de azúcar con formas de pequeñas frutas, juguetes mexicanos hechos en papel y madera.

Elegantes y enormes Catrinas hechas en papel de China y maché, esqueletos vestidos de mariachis, de campesinos y borrachitos ensarapados empuñando una botella, adornaban los puestos de otros artesanos. Calaveras de perritos y de gatos hechas en madera, alfeñiques y santitos esperaban a sus compradores.

El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, a través del Museo Nacional de Culturas Populares, ofrece actividades musicales, visitas guiadas, charlas, danzas y muestras de los rituales indígenas del 25 de octubre al 2 de noviembre. Las puertas abren a las 10h00 de martes a domingo en avenida Hidalgo 289, colonia del Carmen, en Coyoacán.

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